Publicada originalmente en Instituto Colombiano de Derecho Procesal ↗ el .
El taller como una forma de mirar el derecho: construir con método, cuidar los detalles y aprender de lo que aún está por terminar.
Me gusta pensar en aquello que se ve pero que no siempre se reconoce. Pensar en un taller de carpintería donde hay un olor particular que pocos perciben. Es la mezcla entre aserrín fresco, la resina y el acero frío de las herramientas húmedas que hace reconocible el lugar como un taller. Este olor que se pega a la memoria es consecuencia del trabajo metódico, del diseño pausado, de la soledad reflexiva y diferentes momentos de creación. Algo parecido a lo que ocurre con los abogados.
Pero ¿en qué se parece un abogado con interés en el derecho procesal a un carpintero? Lo primero es que ambos son, en esencia, artesanos y súbditos de la estructura y una repetida fascinación por la forma. Casi siempre, el abogado trabaja con materiales en bruto. Un conjunto de hechos en apariencia desordenados y desconectados, una maraña de normas que contienen fibras de excepciones y normas derogadas, incluso las vetas retorcidas de un conflicto humano que se resiste a ceder ser terminado. Y en todo esto, la tarea del abogado pareciera estar en darles forma.
Para encontrar la manera de moldear y contener estos elementos el abogado debe medir, cortar y ensamblar hasta crear algo con sentido estético. A menudo, ese sentido toma formas en apariencia predecibles: las que aparecen en las arquitecturas de la razón contemporánea y el uso de técnicas de litigación que resultan más histriónicas que argumentativas. Así, un argumento sólido, una defensa coherente o una teoría del caso seria, son criterios que miden el resultado de aquello a lo que se le dio forma.
En segundo lugar, la afinidad entre abogados y carpinteros es más profunda que una simple analogía: ambos comparten lógicas y formas de pensar, ser y hacer que dejan ver una cercanía metodológica, por encima de la aparente distancia práctica. Un carpintero no coge una tabla y empieza a cortar sin método. Primero traza un plano, mide con precisión y elige la herramienta adecuada para el corte. Incluso es consciente de que cada pieza implica diferentes técnicas y herramientas. Y a pesar de esto, no se fatiga ni cede a la inmediatez.
Por la misma ruta, un abogado sensato no se lanza a un caso con ideas sueltas, argumentos sin estructura y sin saber qué técnica conviene utilizar. Comienza con su teoría y la posiciona en planos de significado en los que la prueba es un tablón filtrado por reglas y cada precedente es una viga de soporte. El abogado y el carpintero entienden la lógica de la secuencia y ceden a ella.
Ambos saben que no se puede barnizar antes de lijar, o que no se puede presentar una conclusión sin antes haber ensamblado las premisas.
Esta forma de pensar que parece estructurada, metódica, que avanza paso a paso y que se preocupa por cada unión, es el lenguaje común en talleres y oficinas.
Finalmente, ninguno de los dos oficios sobrevive a la improvisación, sino que ambos la revelan, la contienen y la exhiben ante el rigor técnico y la crítica pública. Una silla mal ensamblada, tarde o temprano suena, incluso se rompe. De igual manera, en el derecho procesal, las consecuencias de la improvisación gritan estridentemente en la memoria y aparecen con el tiempo para romper derechos, expectativas, reputaciones y reconocimientos.
Así como la madera se daña por agentes abióticos, la interpretación de las teorías del proceso y la prueba judicial ha perdido calidad, no por su solidez epistémica, sino por el afán y las tendencias. Es común que la prisa de la eficiencia se presente bajo la forma de soluciones tecnológicas sin una estructura teórica que las soporte. Estas son como muebles endebles, armados con clavos y no con ensamblajes, que sirven para exponerse en ferias para que se vean bien y vendan algo, pero que crujen al primer embate de un caso complejo una vez utilizados.
Esto también se ve en el fetiche por lo nuevo y lo de afuera, una especie de tendencia apropiacionista a importar modelos foráneos como si fueran cambios epistémicos o nuevas verdades, sin preguntarse si esa madera exótica es compatible con la humedad de nuestro propio taller, las condiciones en que será colocado el mueble o si este será ergonómicamente apto para aquella persona a la que va dirigido.
Esto no deja de lado los efectos de la improvisación que se da en la práctica repetitiva que ha sido normalizada por la monotonía y la rutina. Aquí el abogado se parece a un carpintero que por pereza fabrica la misma silla una y otra vez, olvidando los principios del diseño, el balance y la ergonomía, que entrega un producto que ya no responde a las necesidades de nadie, pero que aun así, es capaz de atornillarse en una realidad irreflexiva. Esta carpintería del afán y la imitación crea carpinteros mal formados y piezas defectuosas que, eventualmente, quedan expuestas por lo que son: la consecuencia de no haberse tomado el tiempo de pensar y conscientemente decidir no hacerlo.
Por otro lado, está la urgencia de algunos por crear muebles de colección: piezas de temporada, ornamentadas pero inútiles, que son el producto de una carpintería impaciente y ansiosa. Una que no respeta los tiempos del material y el tiempo que toma una técnica bien ejecutada.
Se olvidan de que la buena madera necesita secar, a veces durante años, antes de poder ser trabajada.
Caen ante la presión de querer ensamblarlo todo en un momento, por el afán de exhibir la obra terminada y que esta sea vista.
Procuraré aprovechar este espacio para hacer “carpintería procesal”. No como galería para exhibir piezas terminadas o pulidas, ni como un museo para la sobreexposición de obras que nunca se terminan. Más bien como una extensión de mi taller y mis bocetos, con lo cual intento dar espacio para la manifestación más pura de los errores y los descubrimientos. Esta no es una declaración de superioridad moral sino un lugar para trazar líneas. Uno que permite recuperar la virtud de la geometría que está detrás de una buena arquitectura teórica. Una estantería para hacer seguimiento a pequeños ensamblajes.
Con las puertas del taller abiertas, en la entrega que sigue abordaré la reflexión sobre la adopción de la IA en el proceso judicial.
* El contenido de esta publicación es responsabilidad exclusiva de los autores y no refleja ni compromete la postura del ICDP.
